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sábado, 27 de agosto de 2011

“Me aburro si no corro riesgos” Mujer de mundo, nació en Buenos Aires, creció en La Quiaca, se fue a Israel, corrió límites. Tanto en la vida como en

“Me aburro si no corro riesgos”
Mujer de mundo, nació en Buenos Aires, creció en La Quiaca, se fue a Israel, corrió límites. Tanto en la vida como en sus puestas.
27.08.2011 | Por Silvina Lamazares slamazares@clarin.com Podria interesarte
El confesionario Lía Jelín El que la ve sentada frente a un ventanal de La Paz, sobria y serena, y no la reconoce, tal vez la imagine sobria y serena. El que sabe que esa señora es la artífice de muchas puestas atrevidas quizás sí sospeche que detrás de esa aparente tranquilidad hay zarandeo. El que conoce su historia sabrá que las apariencias, al menos en este caso, engañan. Porque apenas empieza a compartir su historia, con esa vocecita que termina pareciéndole ajena, Lía Jelín derriba cualquier rasgo de calma. Como cuando cuenta, luego del vertiginoso relato de una infancia lejos de sus padres, que “a los 15 me fui de casa y a los 16 viajé a Israel con una organización sionista. Y me quedé cuatro años viviendo en un kibutz… Qué se yo, a mí siempre me gustó el riesgo”.
Y enseguida, como quien mejora el concepto, completa la frase: “En realidad, me aburro si no corro riesgos. Me pasa en la vida y en el trabajo”. Y a medida que las anécdotas y las postales de época van ganando espacio, la calle Corrientes queda desdibujada del otro lado del vidrio. Ella sabe crear climas.
“Una vez, hace muchos años, una mujer me dijo ‘Cómo te caés, vos tendrías que analizarte’. Era muy atropellada, andaba con las piernas lastimadas. Me analicé veintipico de años y modifiqué muchas cosas. Se ve que al no haber tenido familia cerca cuando era chica, ni estructura, ni estructura de lenguaje, me desordené. Y el psicoanálisis me ordenó. Tanto es así, que yo trabajo con el caos. Con eso y la asociación libre armé mi método”, reconoce, con sencillez, la directora de Toc toc, la exitosísima obra que se presenta de miércoles a domingo en el Multiteatro.
Entonada por un café y sus recuerdos, no siempre buenos, sí siempre asumidos, comienza a de-sarmar el ovillo diciendo que “soy porteña, pero a los 3 años nos instalamos en La Quiaca porque mi papá tenía un negocio allá. Después, como mi hermana tenía que empezar el secundario, nos mandaron a las dos a Buenos Aires, pero nos pusieron en casas de familia. A mi me tocó una italiana y luego me pasaron con una familia española. Yo me sentía una pensionada y eso que era chiquita. Cuando cumplí los 9, mamá compró una casa en Paternal y nos dejó a mi hermana y a mí con una chica que nos cuidaba. A todos les costaba ponerme límites porque era muy traviesa... Y algo de eso conservo todavía”.
Por ese tiempo, motivada por un circo que vio en La Quiaca a los 5 años, “y del que jamás podré olvidarme”, su ritual pasaba por desplegar “la colcha de la cama de mamá en la terraza y jugaba a que hacía teatro... Y decía que quería ser bailarina”.
Pero los sueños empezaron a dormirse cuando “en la adolescencia entré a una organización sionista: convocaban chicos como boy scouts para redimir la tierra de Israel. Hacíamos campamentos, cantábamos en hebreo y, de a poco, te iban metiendo la letra... Tanto que a los 15 viajé a Córdoba a seguir con el movimiento allá y, al año me fui a un kibutz cerca de Tel Aviv. Me casé y a los 19 quedé viuda... A veces, cuando repaso, no entiendo cómo estoy viva, siempre sobre arenas movedizas”. Cuenta que cuando formaba parte de esas comunidades israelíes, “estaba encargada de los jardines, limpiaba, servía la comida, hacía de todo. Y un día dije ‘Quiero bailar’. Como me dijeron que ‘no’, me fui un año a Jerusalem a trabajar en un instituto educacional con 40 chicos marroquíes que hablaban hebreo más rápido que yo. Y ahí tomaba clases con una alumna de Mary Wigman. Después volví al kibutz y me armé un cronograma que me permitía seguir con mi trabajo y también formarme en danza moderna con una alumna de Martha Graham”.
De regreso en la Argentina, se reencontró con sus sueños de bailarina, que pudo empezar a cumplir cuando “Lía Labarone, a quien admiraba profundamente, se lastimó el talón y me dio un protagónico en A las cinco en punto de la tarde. Y de ahí en adelante todos me agarraban de acá para sus espectáculos”, grafica, mientras su mano derecha tira de esos pelos rojos que están prolijos, aunque ella haya prometido por teléfono que “estaré de negro y despeinada”.
Casada con Jorge Schussheim, siente que estiró las fronteras de la danza cuando hizo la emblemática puesta de Viet-rock “y a partir de ahí la coreógrafa devino en puestista. Y con El gran soñador, en el ‘73, cada vez me fui corriendo más al texto”. Dirigió Monólogos de la vagina, Confesiones de mujeres de 30, entre otras, y prepara El cabaret de los hombres perdidos. Dice que ahora sólo baila en alguna fiesta, porque “a pesar de que me duele todo, el cuerpo tiene memoria”. Y ella también.«
clarin

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